PODER Y VIOLENCIA EN EL ÁMBITO TERAPÉUTICO

Pierluca Santoro

di ANGELES MARTIN

Psicóloga Clínica, Instituto de Psicoterapia Gestalt, Madrid – España

(Introductora de la Terapia Gestalt en España)

 

Pubblicato sulla rivista “Informazione Psicoterapia Counselling Fenomenologia” n° 1,
gennaio – febbraio 2003, pagg. 27-31, ed. IGF. Roma

 

Voy a reflexionar acerca del paralelismo que se produce en los ámbitos sociales y familiares y los que se reproducen dentro del espacio terapéutico de las consultas de psicólogos y psiquiatras, tanto si las terapias son activas, como la terapia gestalt, como las más verbales de corte más psicoanalítico, es decir tanto las que promueven la acción y la experimentación como las que se basan exclusivamente en lo verbal pasando por la más amplia gama de enfoques.

Centraré este trabajo en algunas conductas  perversas de parte del terapeuta hacia el paciente: en especial sexuales y violentas, entendiendo por violentas las conductas intrusivas que vulneran la intimidad y libertad del paciente. Estas se producen cuando se  empuja y presiona al paciente a realizar conductas que todavía  no quiere o no puede realizar, dado que son prematuras y están mucho más adelantadas que el proceso terapéutico.

La mayoría de las conductas violentas son aprendidas en el ámbito familiar y se transmiten de padres a hijos. Así algunos terapeutas que  han aprendido estos modelos en su ambiente, pueden  trasladarlas posteriormente desde su propia historia al espacio terapéutico.

Algunos gestaltistas influidos por la fuerza y estilo de Perls creyeron que hacer gestalt era confrontar, que era poner a la persona frente a su resistencia y obligarla a traspasarla sin comprenderla, la idea era no dejarse manipular por el paciente. Así se creo la falsa idea  de que hacer gestalt era experimentar a toda costa, que hacer gestalt era hacer ruido, y que hacer gestalt era, lo que muy acertadamente dice Yontef la terapia del “pin-pan-pun”

Cuando un  paciente llega a nuestra consulta, viene con sus mejores deseos de curación, pero también viene acompañado de todo su bagaje de defensas y resistencias, tal como va por el mundo. Las fue aprendiendo en su infancia y las ha utilizado a lo largo de su vida para sobrevivir.  Una mujer puede haberse  hecho una manipuladora o seductora, y un hombre puede haber aprendido que la mejor defensa es el ataque y va por la vida amedrentando a los demás con el fin de coger el poder que no tuvo cuando era niño. También pudieron entrenarse haciéndose frágiles, para así encontrar personas que los protegieran. En definitiva, cualquier estrategia  para sobrevivir en el mundo de los adultos fue buena en su momento.  El asunto es que, sirvieron para sobrevivir, pero en el presente suponen una traba para manejarnos de forma más integrada, creativa y  feliz en la vida.

Hay dos términos en el enfoque gestáltico que conviene delimitar y clarificar para evitar que el terapeuta sobrepase sus funciones y agreda al paciente. Estas son: la confrontación y la trasparencia. Cuando Perls hablaba de confrontar, se refería a confrontar los aspectos neuróticos del paciente, es decir ponerle frente a ellos y  mostrarle como los actuaba en sus relaciones con el mundo. Y cuando hablaba de trasparencia, aunque este es un término introducido más recientemente, no se refiere a que si el terapeuta  tiene sentimientos y emociones hacia el paciente los actúe en el espacio terapéutico, sino que sean descubiertos, entendidos y asimilados por el paciente. Algunos terapeutas creen que ser trasparentes es decirle al paciente que se sienten atraídos por él y que desean tener sexo con  él y que lo actúen en la consulta. Y confrontar no significa que el terapeuta agreda al paciente y que llegue al extremo de insultarlo o emprenderla a golpes con el paciente, como he visto que algún terapeuta hacía.

De unos años a esta parte, se ha querido homologar la palabra trasparencia con trasferencia y se ha afirmado que la forma de diluir la trasferencia de los pacientes hacia el terapeuta  es ser trasparente con sus pacientes, negando así una de las mayores aportaciones de Freud y del psicoanálisis a la terapia: la transferencia.

Esta importancia y supremacía que se le ha dado al término trasparencia, tiene sus peligros si es manejada de forma aprovechada por los terapeutas.  Cuando la utiliza un terapeuta desde sus deseos y necesidades está vulnerando la libertad e intimidad de su paciente,  comete una falta de respeto e introduce en el espacio terapéutico una violencia probablemente similar a como él  o tal vez su paciente sufrieron en su infancia. Y convierte de forma inadvertida,  pero torpe y bruta, el espacio terapéutico, en el espacio en el que repetir conductas pasadas insanas, promoviendo un acting out en beneficio de sus necesidades y deseos y en contra de la salud psíquica del paciente

La transferencia es un término que nos sirve para definir y explicar fenómenos que ocurren dentro del marco terapéutico, y querer sustituirla por el término de transparencia me parece pueril y de falta de responsabilidad por parte de los terapeutas que quieren simplificar su tarea y obviar conocimientos que se derivan de varios lustros de trabajo e investigación.

Utilizar la trasparencia dentro de la consulta sin unos límites claros serviría para confundir principios básicos de la profesión tales como la honestidad y los conocimientos, con todo vale. Llevaría a confundir deseos con necesidades y promovería el acting out en lugar de la experimentación sana y deseable. La responsabilidad de cualquier profesional al que acude un cliente es el cuidado y el respeto por el bienestar de este.

Ningún terapeuta, por mucho que se empeñen algunos, mantiene una relación horizontal con su paciente. No es posible una relación de igualdad en nuestro trabajo, ni siquiera entre profesor y alumno, aunque fomentemos la igualdad y paridad. Sólo al final del proceso terapéutico o formativo se irá equilibrando esa diferencia.

Nunca los deseos del terapeuta  están por encima de la ética, de la honestidad y del bienestar del paciente. Si el terapeuta está actuando sus deseos o necesidades en el espacio terapéutico (en especial  agresivos y sexuales, aunque estén promovidos por el paciente en su intento de repetir escenas infantiles), consciente o inconscientemente, está trasladando esa violencia que hoy se vive en todos los ámbitos y niveles (trabajo, familia, pareja, estado) y en todos los países sin excepción, al espacio terapéutico que es la consulta.  El terapeuta no se percata que, con sus actitudes, está fomentando y legitimando conductas de abuso hacia sus pacientes y que casi con seguridad fueron ejercidas sobre estos cuando eran niños.

Si un paciente incita y provoca  en el terapeuta agresividad, deseos sexuales, frustración y el terapeuta actúa estas conductas sin dilucidar lo que está ocurriendo (trasferencia-contratransferencia), lo que conseguirá es repetir lo que ocurrió allá y entonces en el aquí y ahora. Y lo que evidentemente es falso es que  la trasferencia del paciente se va a diluir si el terapeuta es transparente con su paciente y actúa en el espacio terapéutico las emociones que se han despertado en él, obviando el contenido y el significado de la conducta de su paciente.

Si en lugar de destapar estas conductas y mostrar al paciente lo que hace y cómo lo hace, el terapeuta lo actúa como un deseo legítimo suyo, valida e instaura  una situación de privilegio y poder para el terapeuta. Y podemos asemejarlo a ese padre que se cree con el derecho y legitimidad de violar a su hijo/a  o de agredirle porque esa es su necesidad y deseo y ¿para qué cuestionarse estos deseos si al otro lo hemos convertido en un objeto,  es decir, en nuestro objeto de deseo?. Si estas conductas no las desterramos estamos, por un lado, legitimando el poder del terapeuta y por otro, legitimando al paciente como víctima y por ende, estamos validando las relaciones de abuso y poder.

Así es como el poder se va imponiendo e instaurando en lo social: primero en la familia, después en el grupo de amigos o en la escuela  y finalmente en el trabajo y la política, para posteriormente perpetuarse en cualquier situación donde alguien ostente el poder y el otro u otros estén en dependencia o por debajo.

Martin Buber fue el primero que desde la fenomenología habla del yo-tu. Y lo define como la relación en la que dos personas diferentes coexisten, valorando  positivamente las diferencias. Esta relación es la opuesta a la de sujeto-objeto que es en lo que convertimos al paciente cuando el terapeuta impone desde su poder o manipuladoramente sus deseos.

Nos toca a los terapeutas reflexionar sobre la violencia tanto la sutil como la ejercida abiertamente dentro de la familia o el ámbito social. Sabemos que una vez instauradas estas conductas en lo social se incorporan a lo cotidiano de forma natural sin que se nos conmueva  ninguna fibra de nuestro ser. Y la injusticia, el abuso y la violencia engendran  injusticia y guerras.

Cualquier tipo de violencia atenta contra los principios que dan sentido a la vida. Estos modelos destruyen la confianza en el ser humano y la autoestima de quien lo sufre queda gravemente dañada. Son muchos los estudios realizados sobre los abusos y la violencia. En todos ellos se ha demostrado que las personas que han sufrido en su infancia  abusos o maltratos, no sólo físicos sino a su intimidad y a su libertad, progresivamente se van insensibilizando emocionalmente y con el tiempo ellos mismos serán verdugos o víctimas en función del lugar que ocupen. Si son padres y madres maltratarán a sus hijos, si son esposas serán las víctimas de un marido violento y si son hombres a menudo resolverán sus frustraciones y conflictos a través de la fuerza y la violencia.

Sabemos que los seres humanos han inventado tradiciones y normas para justificar la agresión de unas personas contra otras y de unos grupos contra otros y que la ideología dominante la ha interpretado de acuerdo a sus intereses particulares (véase las religiones, los gobiernos dictatoriales, los grupos violentos etc.). Y los grupos de poder tienden a mantenerse en el poder a través del amedrantamiento y la intimidación abierta o sutil y refinada.

 

Resumiendo: el trabajo del terapeuta  no es realizar sus deseos o fantasías en la consulta, ni lo es realizar las fantasías o deseos del paciente.  Su trabajo consiste en devolverle al paciente -pero no actuar- lo que el terapeuta está  sintiendo en un momento dado, y solamente si esto le sirve al paciente para entender sus conductas y las que tiene la gente que lo rodea hacia él. Si esto le ayuda a descubrir sus conductas manipuladoras  y provocadoras y si le sirve para tomar conciencia y comprender lo transferencial de aquí y ahora y que aprendió allá y entonces.

El trabajo del terapeuta no es actuar (acting-out) ni sus deseos ni los del paciente en el ámbito de la consulta, sino ofrecer un espacio donde ser entendidos, elaborados e integrados.

El paciente o cliente viene a nosotros con sus mayores deseos de curarse y también con sus mayores defensas. Lleva años utilizándolas y le han servido para sobrevivir hasta este momento. Este simple hecho –quizá de los primeros que se aprenden cuando nos formamos como terapeutas- se olvida a menudo cuando el paciente se “enamora” de nosotros y creemos que éste amor forma parte del mundo adulto de la persona que tenemos en frente, en lugar de colocarlo en su verdadera dimensión que es, en su mundo infantil, en lo que hizo con su padre-madre o figura sustituta. Este simple hecho hace que el terapeuta con su ego y narcisismo sin resolver de pie en la consulta a lo que él denomina “deseos” del/ la paciente.

Tenemos, por otro lado, en nuestra disciplina la idea de que la confrontación es sanadora y a menudo olvidamos la contextualización de esta frase, que en palabras de Claudio Naranjo es “la confrontación de la neurosis”. No se trata pues de despojar al paciente de sus defensas y confrontar con todo lo que no sabe o no quiere hacer como si fuéramos cirujanos que intervenimos en cuerpos anestesiados. Nuestra tarea es ir mostrando al paciente y sometiendo a su consideración aspectos y conductas que configuran su neurosis, para ir desmontando y entendiendo la función de estos mecanismos, que se fueron conformando durante la infancia, pero que en este momento están formando parte de su sistema defensivo y neurótico, impidiendo un desarrollo más sano y creativo. Nosotros estamos allí para ayudar a comprender y no para zaherir a la persona que tenemos enfrente.

Ni que decir tiene que Perls era una persona confrontativa, pero le avalaba su conocimiento del psicoanálisis, además de que aquellas personas a las que se dirigía eran fundamentalmente terapeutas y no personas con las que realizaba un proceso terapéutico. Evidentemente hay personas y contextos de los que no se pueden sacar conclusiones generales, ni formas imitadoras del estilo de Perls, si no se quiere caer en conductas que promueven y incitan al acting-out y perpetúan el abuso y el poder.

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